Incendios que superan la capacidad de extinción: ¿Cómo los nombramos? 

Aunque los incendios forestales pueden producirse durante todo el año, en España y en otras regiones de clima mediterráneo cobran especial protagonismo durante el verano, cuando la estación seca coincide con la más cálida. Es entonces cuando ocupan el centro de la atención pública: se convierten en tema habitual de conversación, protagonizan los informativos y llenan titulares y redes sociales de mensajes cargados de épica y dramatismo. 

Con ellos reaparece también una pregunta aparentemente sencilla, pero cada vez más relevante debido a la nueva realidad que vivimos: ¿cómo debemos nombrar los incendios que queman gran parte del territorio y tienen un comportamiento extremo?  

En los últimos años se han popularizado expresiones como grandes incendios forestales, incendios extremos, incendios de sexta generación, incendios catastróficos o megaincendios.  

A menudo se utilizan para hablar de situaciones parecidas, ya que suelen referirse a incendios que superan la capacidad de extinción, ponen en riesgo a los equipos de emergencia y a la población, afectan a la salud pública, a bienes y ecosistemas, y dejan importantes consecuencias sociales, económicas y ambientales. 

Sin embargo, estos términos no significan exactamente lo mismo y entre ellos hay matices importantes, aunque en algunos casos también existen importantes solapamientos. Como no existe un marco común que los delimite con criterios y umbrales claramente definidos, su uso depende en buena medida del contexto y del criterio experto. Por eso, un mismo incendio puede recibir distintas denominaciones según el aspecto que se quiera destacar. 

Esto no significa que unos términos sean más correctos que otros ni que se excluyan entre sí. Al contrario, muchas veces se complementan y permiten comprender un mismo episodio desde perspectivas diferentes. 

Precisamente, esta flexibilidad también genera cierta falta de consenso. La dificultad para decidir qué término utilizar, visible en la comunicación pública, se extiende también a los ámbitos científico y técnico, donde todavía existe debate sobre cuál es la terminología más adecuada para describir este tipo de episodios complejos. 

Por eso, con el fin de arrojar algo más de luz sobre este tema, en este artículo repasaremos algunos de los términos más habituales para entender mejor qué significan, qué matices los diferencian y en qué contextos puede resultar útil emplearlos. No pretendemos establecer una clasificación cerrada, sino ofrecer una propuesta basada en nuestra visión que integre, en la medida de lo posible, las distintas perspectivas de quienes forman parte de la comunidad de los incendios forestales. 

Grandes Incendios Forestales (GIF). La clasificación de las estadísticas oficiales 

De todos los términos que se utilizan para describir los incendios forestales, el de Gran Incendio Forestal es el único que cuenta con una clasificación oficial en España. La Estadística General de Incendios Forestales (EGIF), del MITECO, los agrupa en tres grandes categorías: conatos, cuando afectan a menos de una hectárea; incendios, cuando queman entre 1 y 500 hectáreas; y grandes incendios forestales (GIF), cuando superan las 500 hectáreas en la península o las 250 en territorios insulares. 

Esta clasificación resulta útil para ordenar los datos y comparar la evolución de los incendios a lo largo del tiempo. Sin embargo, sus límites no son universales: los umbrales pueden variar entre países y regiones dentro de un mismo país y no siempre reflejan por sí solos la gravedad de un episodio. 

En este sentido, aunque la superficie quemada ayuda a dimensionar un incendio, no lo explica todo. Un incendio de 10.000 hectáreas que avanza en pocos días y afecta a poblaciones situadas en zonas de interfaz urbano-forestal, puede tener consecuencias muy distintas a otro de la misma superficie que arde durante semanas en una zona poco habitada. La extensión quemada es la misma, pero el contexto, la velocidad, la exposición de la población, los daños ecológicos y la capacidad de respuesta pueden ser muy diferentes. 

Por eso, el término Gran Incendio Forestal, cada vez más presente en el debate público, no se refiere solo a un incendio que afecta a muchas hectáreas. También se utiliza para describir aquellos incendios que durante un tiempo prolongado mantienen una velocidad de propagación, una intensidad y una longitud de llama que superan la capacidad de los equipos de extinción.   

En este sentido, los GIF constituyen una categoría amplia, dentro de la cual pueden encontrarse incendios con comportamientos y consecuencias muy diferentes, incluidos los eventos extremos de incendio forestal (Extreme Wildfire Events, EWE). 

Gran Incendio Forestal de Larouco, parroquia de Seadur, el 30 agosto 2025 en Pico Montouto, Serra dos cabalos. Fotografía de Pedro Armestre.

Incendios extremos, un concepto integrador en auge 

Dentro de este debate, el término incendios extremos (Extreme Wildfire Events, EWE) se utiliza cada vez más para referirse a incendios en los que el fuego muestra un comportamiento especialmente intenso y difícil de prever. Esta denominación comparte muchas características con la de incendios de 6º generación que veremos más adelante. 

En estas situaciones, la propagación puede volverse errática, con la aparición de focos secundarios puntuales o masivos, originados por pavesas transportadas a grandes distancias. Además, puede producirse una intensa interacción entre el fuego y la atmósfera, de modo que el propio incendio altera las condiciones locales, generando vientos, turbulencias y cambios bruscos que hacen su comportamiento más imprevisible. Un caso significativo es el incendio de Pedrógão Grande, en Portugal, ocurrido en junio de 2017, el cual marcó un punto de inflexión en la Península Ibérica. En pocas horas ardieron más de 45.000 hectáreas, murieron más de sesenta personas, hubo cientos de heridos y se produjeron importantes daños en infraestructuras, bienes y servicios.  

Más allá de sus cifras, Pedrógão Grande mostró hasta qué punto algunos incendios podían resultar difíciles de describir con la terminología utilizada hasta entonces. Evidenció la capacidad de ciertos incendios para alterar las condiciones atmosféricas locales y generar dinámicas muy difíciles de prever y controlar e, incluso, favorecer la formación de pirocúmulos (PyroCu) y/o pirocumulonimbus (PyroCb), nubes convectivas originadas por el intenso calor.  

A través de la gravedad de sus impactos planteó, además, una pregunta clave: ¿estábamos usando las palabras adecuadas para describir este tipo de episodios?  

Fue entonces cuando empezaron a ganar peso propuestas que ampliaban la forma de entender esos incendios. Entre ellas, Tedim et al., plantearon que no bastaba con fijarse solo en cómo se comporta el fuego: también había que tener en cuenta lo difícil que resulta controlarlo y los impactos sociales y ecológicos que puede ocasionar. 

Incendio extremo originando un pirocúmulo. Imagen: Proyecto EWED, Fundación Pau Costa.

Incendios de sexta generación: paisaje, fuego y respuesta 

Los incendios de sexta generación pueden considerarse también un tipo de evento extremo de incendio forestal (Extreme Wildfire Event) aunque con algunas diferencias a matizar. 

Como otros incendios extremos, liberan enormes cantidades de energía, generan focos secundarios y presentan un comportamiento muy difícil de prever y controlar. Además, interactúan intensamente con la atmósfera y pueden formar nubes asociadas al fuego. Sin embargo, en los incendios de sexta generación, estas suelen evolucionar hacia pirocumulonimbos (PyroCb). 

Más allá de estas diferencias en su comportamiento, ambos conceptos también responden a perspectivas distintas. 

Un rasgo definitorio de esta denominación es la generación de incertidumbre alrededor de la evolución del incendio. Esto es debido a la limitada capacidad de las herramientas actuales para prever y anticipar la evolución de estos incendios, resultado de su interacción con la atmósfera y la generación de PyroCb. 

Todo ello genera que la toma de decisiones por parte de los responsables de los cuerpos operativos sea compleja, hasta el punto de que, en determinados momentos, no puede garantizarse plenamente ni la seguridad de los equipos de intervención ni la de la población. 

El término incendio extremo permite describir estos episodios por su intensidad, su dificultad de control y sus impactos, mientras que el de incendio de sexta generación los analiza desde una mirada más técnica y operativa.

Esta clasificación fue planteada por primera vez en 2005 por Marc Castellnou y Marta Miralles, del Grupo de Refuerzo de Actuaciones Forestales (GRAF) de los Bomberos de la Generalitat de Catalunya, como herramienta de planificación operativa. 

Su objetivo era definir cada generación de incendios a partir del factor dominante que limita la capacidad técnica de control del fuego. Este factor no está vinculado directamente a los servicios de extinción, sino que está relacionado con las características del paisaje y con sus distintas fases de evolución, que pueden coincidir en el tiempo y en el espacio. 

Y es que el paisaje ha cambiado mucho en las últimas décadas. El abandono de campos de cultivo, los cambios en los usos del territorio y la expansión de las masas forestales han transformado la forma en que el fuego se propaga. Estos nuevos escenarios también han modificado el comportamiento de los incendios. Por eso se habla de distintas generaciones de incendios. 

Aunque las generaciones se empezarán a definir a principios de los años 2000, no fue hasta el 2017 que se definieron los incendios de sexta generación a raíz de los episodios registrados en Chile. En este tipo de incendios no solo importa cuánta vegetación hay o cómo está distribuida en el paisaje. También son clave las condiciones atmosféricas y el estado de los bosques.  

En un contexto de cambio climático, con olas de calor más frecuentes, sequías más intensas y vegetación cada vez más seca, estos factores se vuelven aún más determinantes.  Todo ello favorece incendios de gran intensidad, muy difíciles de anticipar y controlar. 

De este modo, esta nomenclatura ofrece otra forma de nombrar estas nuevas situaciones de incendio, poniendo el foco en la evolución del paisaje, el cambio climático, la interacción con la atmósfera y la respuesta de emergencia. 

Pirocumulonimbo originado en un incendio de sexta generación. Imagen de Bombers de la Generalitat.

Incendios catastróficos, la dimensión de los impactos 

A diferencia de otros términos, hablar de incendios catastróficos nos lleva a poner el foco en sus consecuencias. Se trata de una valoración realizada desde una perspectiva antrópica, es decir, en función de cómo el incendio afecta a las personas, los bienes, los ecosistemas, la actividad económica o el funcionamiento de un territorio. 

Esto no significa que todos los incendios sean necesariamente perjudiciales. En muchos paisajes, el fuego forma parte de la dinámica natural y, cuando se produce con una intensidad, frecuencia y extensión determinadas, puede contribuir a renovar la vegetación, abrir claros, reciclar nutrientes o favorecer la regeneración de algunas especies. 

Por tanto, un incendio no se considera catastrófico únicamente por su magnitud o por el número de hectáreas quemadas, sino por la gravedad de los daños que provoca des de una visión antrópica y por la capacidad del territorio para responder, reconstruirse y recuperarse.  

Coches calcinados en un incendio. Imagen de Lucilia Montero.

Megaincendios, un término divulgativo para incendios fuera de lo común 

En los últimos años, la palabra megaincendio se ha popularizado sobre todo en el ámbito divulgativo y mediático para dar nombre a incendios percibidos como episodios que desbordan las escalas habituales, ya sea por la superficie que queman, por la intensidad de su comportamiento, por los impactos que provocan o por la combinación de todos estos factores. Aun así, no se trata de una categoría técnica bien definida y su significado se solapa con otras denominaciones ya existentes. 

Su uso es especialmente frecuente en los países anglosajones, aunque también aparece de manera habitual en otros ámbitos, como el de la Comisión Europea. En algunos contextos, se emplea para referirse a incendios que superan las 10.000 hectáreas, tanto si se originan a partir de una sola ignición como si son el resultado de varios incendios relacionados entre sí. 

Megaincendio forestal. Imagen de Susana Vera.

Más allá del término utilizado, no perdamos de vista el contexto 

Como hemos visto, cada término permite observar estos incendios desde una perspectiva diferente. Algunos ponen el foco en el comportamiento del fuego, otros en el paisaje y la respuesta operativa, otros en la superficie quemada o en la gravedad de los impactos.  

Por eso, más que etiquetas cerradas, funcionan como herramientas para entender mejor, episodios cada vez más complejos.  

La cuestión, por tanto, no es decidir cuál de estas denominaciones es la correcta, sino entender qué aporta cada una y qué aspecto queremos destacar en cada caso. Un mismo incendio puede describirse mediante varios términos, siempre que se utilicen con precisión y se explique desde qué perspectiva se están empleando. 

Además, la terminología seguirá evolucionando a medida que cambien los incendios y avance el conocimiento sobre ellos. Es probable que aparezcan nuevas formas de nombrarlos y clasificarlos, capaces de recoger mejor su creciente complejidad. 

Por eso, más allá de elegir una etiqueta, lo importante es entender qué aspecto del incendio queremos destacar: su tamaño, su comportamiento, su interacción con la atmósfera, la dificultad de controlarlo, el paisaje en el que se propaga o los impactos que genera. Solo así podremos usar cada concepto con más precisión y sin perder de vista la complejidad de cada episodio.

Agradecimientos

Agradecemos a Marinha Fernández su iniciativa, la valiosa información aportada y la redacción de la primera versión e este artículo divulgativo, en el marco de las prácticas que realizó en la Fundación. 

Bibliografia

Clasificación de las generaciones de incendios forestales  

Castellnou, M., & Miralles, M. (2005). El concepte de generacions d’incendis: una eina de planificació i adaptació al risc de grans incendis forestals. Institut de Seguretat Pública de Catalunya (ISPC), Cos de Bombers de la Generalitat de Catalunya.  

Castellnou, M., Miralles, M., Larrañaga, A., Nebot, E., Arilla, E., Castellarnau, X., Castellví, J., Herrera, J., Pallars, J., y miembros de UT GRAF. (2021). Clasificación de las generaciones de incendios forestales: actualización. Revista Incendios y Riesgos Naturales (RIyRN), (3). https://revistarirn.org/wp-content/uploads/2023/03/n3_generaciones-IFs_actualizacion_Castellnou_2001.pdf  

Eventos de Incendios Extremos (EWE) 

Tedim, F., Leone, V., Amraoui, M., Bouillon, C., Coughlan, M. R., Delogu, G. M., Fernandes, P. M., Ferreira, C., McCaffrey, S., McGee, T. K., Parente, J., Paton, D., Pereira, M. G., Ribeiro, L. M., Viegas, D. X., & Xanthopoulos, G. (2018). Defining Extreme Wildfire Events: Difficulties, Challenges, and Impacts. Fire, 1(1), 9. https://doi.org/10.3390/fire1010009 

Grandes Incendios Forestales

Costa, P., Larrañaga, A., Castellnou M., Miralles M., Kraus, D. (2011). La Prevención de los Grandes Incendios Forestales adaptada al Incendio Tipo. Fire Paradox Project. https://gogl.to/4J0a 

Megaincendios 

Linley, G. D., Jolly C. J., Doherty T. S., Geary W. L., Armenteras D., Belcher C. M., Bliege Bird R., Duane A., Fletcher M.-S., Giorgis M. A., Haslem A., Jones G. M., Kelly L. T., Lee C. K. F., Nolan R. H., Parr C. L., Pausas J. G., Price J. N., Regos A., … Nimmo D. G. (2022). What do you mean, ‘megafire’? Global Ecology and Biogeography, 31, 1906–1922. https://doi.org/10.1111/geb.13499