¿Qué entendemos por ecología del fuego? 

Tradicionalmente, los incendios forestales se han percibido únicamente como fenómenos destructivos. Sin embargo, esta visión se ha ido reformulando gracias a la contribución de la ciencia que constata que el fuego también cumple un papel fundamental como proceso ecológico.  

De esto se encarga la ecología del fuego, una disciplina que estudia el fuego como un proceso natural capaz de ser un motor de cambio y renovación dentro de los ecosistemas. 

En este artículo os explicaremos en qué consiste esta disciplina, su origen y cómo nos puede ayudar a comprender mejor los incendios forestales. Descubriremos las herramientas que nos ofrece para interpretar el papel del fuego en la naturaleza y repensar su gestión en un mundo cambiante. 

Los orígenes de la ecología del fuego 

A lo largo de la historia, el fuego ha sido una herramienta fundamental para el desarrollo y avance de la humanidad, con usos clave en la agricultura y en el pastoreo. Esta relación ancestral aún pervive en algunas culturas indígenas, como la de los aborígenes australianos, que lo emplean de forma controlada para modelar el entorno y favorecer la biodiversidad. En cambio, en la sociedad occidental contemporánea, esta conexión con la naturaleza se ha ido perdiendo progresivamente, y el fuego ha pasado a percibirse principalmente como un símbolo de destrucción. 

Esta visión negativa, sin embargo, ya estaba ampliamente extendida en la Europa central, donde los incendios no eran tan frecuentes como en otros ecosistemas, y, por lo tanto, representaban una amenaza para los recursos forestales de los que dependían las comunidades rurales. 

Con el tiempo, esta percepción también se impuso en la ecología y se difundió globalmente, consolidándose como el enfoque dominante en los incendios. Como resultado, en muchas regiones adaptadas históricamente al fuego —como los bosques mediterráneos— se adoptó esta perspectiva de elemento de destrucción sin considerar las particularidades ecológicas propias del territorio. 

Sin embargo, desde mediados del siglo XX, esta visión empezó a cambiar cuando los investigadores observaron que algunos ecosistemas no solo lo toleraban, sino que lo necesitaban para conservar su diversidad. Con el desarrollo de la ecología como ciencia integradora en los años sesenta, el fuego empezó a reconocerse como un proceso natural dentro del funcionamiento de los ecosistemas.   

En las décadas siguientes, especialmente a partir de los años 90, esta nueva comprensión se consolidó y se difundió ampliamente: el fuego dejó de percibirse solo como una amenaza y se entendió como un fenómeno ecológico, en línea con el enfoque ancestral de muchas culturas. Aun así, también se asumió que, sin una gestión adecuada, puede suponer un riesgo, especialmente en el contexto actual de abandono de los usos tradicionales del territorio, aumento de masas forestales sin gestionar y cambio climático. 

El fuego es una acción ecológica 

Seguramente habréis notado que en la Fundación repetimos a menudo una frase que nos parece esencial: el fuego es una acción ecológica. Y no lo decimos por decir. El fuego tiene una enorme capacidad de influir en la estructura, composición y funcionamiento de los ecosistemas siendo un elemento clave en la renovación de estos.  

Un ejemplo claro lo encontramos en los pinares de pino carrasco (Pinus halepensis), donde muchas piñas son serotinas, es decir, permanecen cerradas hasta que el calor del fuego provoca su apertura, liberando las semillas en el momento óptimo para germinar. De este modo, el fuego no solo elimina competencia y acumula nutrientes en el suelo, sino que facilita activamente la regeneración del bosque. Además, al reducir la cobertura vegetal dominante, puede crear espacios abiertos que permiten el desarrollo de un sotobosque más rico y diverso. 

Sin embargo, para comprender realmente la acción ecológica del fuego, es importante tener una mirada amplia, tanto en el tiempo como en el espacio. Por ejemplo, no es lo mismo observar los efectos inmediatos de un incendio, cuando el paisaje parece arrasado, que regresar a ese mismo lugar la primavera siguiente cuando ya se pueden observar las primeras etapas de recolonización con presencia de herbáceas pioneras, insectos y otros organismos. 

Además, si ampliamos aún más la perspectiva temporal, vemos que el fuego no solo ha influido en los ecosistemas actuales, sino que también ha sido una fuerza evolutiva a lo largo de millones de años dando lugar a especies con adaptaciones específicas como las cortezas gruesas que protegen a los árboles o las semillas que solo germinan tras un incendio, respuestas evolutivas propias de entornos donde los incendios son recurrentes.  

Esta doble mirada —ecológica y evolutiva— nos permite comprender que el fuego no solo transforma los paisajes, sino que también actúa como un motor de evolución biológica.   

Del incendio aislado al régimen de incendios: una perspectiva completa 

Para comprender la acción ecológica del fuego es importante adoptar una perspectiva integradora. Analizar un incendio aislado no es suficiente para entender el papel del fuego en los ecosistemas; resulta fundamental considerar su comportamiento a lo largo del tiempo en un territorio determinado, lo que en ecología se denomina régimen de incendios

Este concepto incluye varios aspectos que nos ayudan a entender cómo actúan los incendios en un ecosistema. Por ejemplo, cada cuando se producen (frecuencia), cuánta energía liberan (intensidad), qué grado de daño causan sobre la vegetación y el suelo (severidad), y en qué época del año ocurren (temporalidad). Todos estos factores, combinados con las condiciones del clima, la topografía y la cantidad y tipo de vegetación que puede arder (combustible vegetal disponible), son los que acaban moldeando el ecosistema.

Por lo tanto, igual que sucede con la lluvia o las sequías, es el régimen —y no un episodio puntual— lo que acaba condicionando el paisaje. En consecuencia, podemos decir que las especies no se adaptan a incendios aislados, sino que desarrollan adaptaciones a un régimen de incendios concreto, es decir, a un patrón histórico de frecuencia, intensidad y estacionalidad del fuego. Este patrón, conocido como régimen de incendios ecológicamente sostenible, refleja la dinámica de los incendios a lo largo de la evolución de las especies. 

En base a esta relación, durante los años noventa se propuso una clasificación de los ecosistemas en función de su relación con el régimen de incendios. Así, se distinguieron cuatro grandes categorías: ecosistemas sensibles, influidos, dependientes e independientes del fuego. 

Sin embargo, estas categorías han dejado de ajustarse a la realidad actual como ha evidenciado el proyecto FIRE-ADAPT, una iniciativa pionera en la que participamos desde la fundación, centrada en conseguir comunidades más resilientes frente al cambio climático. 

Des del proyecto se han observado alternaciones significativas a nivel global en los regímenes de incendios, siendo el cambio climático uno de los principales factores que agravan esta situación. El aumento de las temperaturas, la disminución de la humedad y las sequías prolongadas crean condiciones cada vez más propicias para la propagación del fuego y alargan la duración de las temporadas de incendios. Esta situación hace que los ecosistemas sean más vulnerables, ya que las especies no están adaptadas a estas nuevas condiciones lo que puede comprometer al funcionamiento del ecosistema.  

Desviaciones en el régimen de incendios

Como hemos visto, los incendios forman parte del funcionamiento natural de muchos ecosistemas y contribuyen a mantener la biodiversidad, pero siempre que se mantengan dentro de un régimen característico: un rango determinado de frecuencia, intensidad, tamaño y estacionalidad.  

Cuando este régimen se altera, puede llevar al sistema fuera del rango natural y sostenible. A continuación, os mostraremos algunas de las principales alteraciones en los regímenes de incendios que se están observando actualmente: 

Cambios en la ocurrencia  

La aparición de incendios en ecosistemas históricamente libres de ellos, y por tanto no adaptados, es una alteración significativa. Este fenómeno puede estar ligado a diversas causas, especialmente a actividades humanas. Por ejemplo, la deforestación de selvas lluviosas abre el dosel arbóreo, lo que reduce la humedad, aumenta la temperatura en el sotobosque y acelera el viento, creando condiciones propicias para la propagación del fuego.  

En otros casos, el cambio climático influye de manera significativa, especialmente en zonas de montaña y ecosistemas templados fríos donde históricamente las condiciones climáticas no favorecían la aparición de incendios. Las sequías prolongadas y las temperaturas más elevadas, derivadas de las variaciones climáticas, están provocando que el fuego alcance estos ecosistemas antes poco afectados. 

Cambios en la frecuencia  

Cuando la frecuencia de incendios incrementa notablemente, y se vuelve excesiva, las plantas pueden no alcanzar la madurez necesaria para reproducirse, lo que dificulta la regeneración de las poblaciones. Por ejemplo, en el mediterráneo, el incremento en la frecuencia de incendios está afectando a especies como el pino carrasco, adaptado a incendios intensos, pero no a recurrencias muy frecuentes, ya que no dispone del tiempo necesario para producir suficientes piñas y garantizar su supervivencia. Este cambio en el régimen de incendios está provocando la desaparición de estos pinares. 

Por otro lado, una disminución en la frecuencia de incendios también puede resultar perjudicial. Algunas especies que necesitan el fuego para germinar pueden morir sin dejar descendencia. Además, la baja recurrencia de incendios puede provocar una acumulación excesiva de biomasa, lo que aumenta el riesgo de incendios más intensos y dañinos para la biodiversidad. 

Cambios en la intensidad 

Las condiciones climáticas actuales, más secas y cálidas, favorecen incendios de mayor intensidad, que generan efectos más severos sobre el suelo y, en consecuencia, dificultan la regeneración tras el fuego. En ocasiones, el problema no radica tanto en el exceso de incendios, sino en la ocurrencia de pocos incendios de gran magnitud y alta intensidad, frecuentemente impulsados por la falta de gestión territorial y el abandono rural, los cuales causan impactos significativos en el ecosistema. 

En resumen, la ecología del fuego nos da una visión más amplia e integradora sobre los incendios: no solo como una amenaza, sino también como un elemento natural que influye en la dinámica de los ecosistemas. Comprender el papel ecológico del fuego nos permite tomar mejores decisiones: saber cuándo intervenir, cómo recuperar un bosque quemado o qué hacer para evitar grandes incendios.

Agradecimientos

Queremos agradecer el asesoramiento del Dr. Pere Pons, ecólogo de la Universidad de Girona (UdG), cuya orientación ha contribuido a enriquecer este artículo.

Bibliografía

Pausas, J. G. (2024). Incendios forestales. Una introducción a la ecología del fuego (1ª ed.). Los Libros de la Catarata / CSIC. ISBN 978‑84‑1067‑066‑2