¿Qué impacto genera el fuego sobre el suelo y en la recuperación del bosque?

El efecto más evidente que deja a su paso un fuego forestal es la desaparición del bosque. Pero muchos otros elementos del mismo pueden verse afectados, entre ellos, el suelo. El suelo es una delgada y fina capa, que es fundamental para la vida, y cuya pérdida es prácticamente irreversible.

Volviendo a la pregunta ¿qué impacto tiene el fuego sobre el suelo y en la recuperación del bosque? se han de distinguir dos tipos de impacto para poder responderla:

Impacto Directo: El generado por el calor emitido con la propia quema (duración e intensidad del incendio) al suelo

Impacto Indirecto: La ausencia de la cubierta vegetal y del mantillo, que previamente eran los responsables en proteger el suelo frente a la erosión.

El efecto directo de la quema suele tener especial incidencia, al menos temporal, sobre la biología del suelo, muy sensible incluso a temperaturas moderadas. Recordemos que el suelo alberga una cuarta parte de la biodiversidad de la Tierra y que es fundamental para el funcionamiento de los ecosistemas. Otras propiedades del suelo pueden verse afectadas de forma directa por el calor, como la estructura y el C orgánico, relacionados con la hidrología del suelo y el cambio climático. Por suerte, la gran inercia térmica del suelo condiciona que este efecto directo sea superficial.

Como efecto indirecto, destacaremos que un bosque quemado ya no puede cumplir con su función protectora del suelo frente a la lluvia y, como resultado, es habitual ver un aumento de la escorrentía* y la erosión del suelo, además de las cenizas que lo cubrían, más o menos ricas en C orgánico y nutrientes, lo que genera el progresivo empobrecimiento del ecosistema forestal. Estos efectos también inciden aguas abajo, incluso en zonas no quemadas.Una reiteración de los procesos de quema y erosión, pueden conducir a la pérdida del suelo, el afloramiento de la roca y, por tanto, dificultar la recuperación de la vegetación.

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Zona afectada por un incendio en el Pirineo Central (Mondoto). Se puede observar la abundancia de afloramientos rocosos, indicador de la escasez de suelo.

*Escorrentía: Agua de lluvia que circula sobre la superficie del suelo cuando se sobrepasa  su capacidad de infiltración.

Autor: David Badia Villas, Escuela Politécnica Superior de Huesca (Universidad de Zaragoza)

¿Qué hacer con los bosques tras los incendios?

Autores de este Post: Fundación Internacional para la Restauración de Ecosistemas, la Comisión Académica del Máster U. en Restauración de Ecosistemas (UAH, UCM, UPM y URJC) y la Red de Investigadores Remedinal

Los recientes incendios forestales que han afectado amplias zonas en Galicia, Asturias y Portugal han sido una noticia relevante en los medios de comunicación por su coste en vidas y elevada destrucción de infraestructuras y capital natural. Con los últimos rescoldos apagados y el ánimo más sereno cabe preguntarse cómo actuar después.

La  gran magnitud que alcanzaron los incendios se debe a la conjunción de una larga e intensa sequía estival y otoñal con unas condiciones meteorológicas adversas, el tipo de cubierta vegetal que se ha favorecido y el abandono de la actividad agrícola y la  ganadería  extensiva en las zonas rurales.

Sin obviar la profunda tragedia humana y económica, que han supuesto estos incendios, es necesario decidir cómo manejar los bosques incendiados para minimizar las pérdidas y restaurar las funciones y bienes de estos ecosistemas, así como su biodiversidad. Cualquier iniciativa en este ámbito debe contar con la aprobación  de expertos en la materia, ya que las actuaciones equivocadas pueden producir graves daños ecológicos y económicos a pesar de las buenas intenciones.

Para la restauración del monte incendiado, debemos considerar tres horizontes  temporales:

  1. A corto plazo, durante el primer año, debemos evaluar la respuesta de las áreas quemadas, en particular la funcionalidad del suelo y la capacidad de regeneración natural de la vegetación, por ejemplo valorando la viabilidad del banco de semillas, el rebrote de las plantas quemadas y la potencialidad del paisaje circundante como fuente de En ésta primera fase se recomienda realizar solamente actuaciones de emergencia dirigidas a minimizar los daños asociados al incendio.

Es prioritario prevenir las pérdidas de suelo por erosión y la escorrentía cargada de ceniza; para ello, una buena estrategia es crear una cubierta de paja o ramas en zonas de alta pendiente, preferiblemente con paja de origen local para evitar que contenga semillas de especies exóticas. También debemos mitigar los daños a los sistemas de agua potable y proteger las zonas próximas de vegetación no incendiada.

A corto plazo no es oportuno, e incluso puede resultar contraproducente, realizar reforestaciones, sobre todo si éstas  requieren maquinaria pesada que podría compactar el suelo y agravar los problemas de erosión. Con la información obtenida en la evaluación se  podrán  distinguir  las áreas donde la regeneración natural es adecuada y, por tanto, no es  precisa ninguna intervención, de aquéllas en las que es necesario diseñar actuaciones para su posterior siembra o plantación si éstas son estrictamente necesarias.

  1. A medio plazo, de uno a cinco años, la prioridad es el restablecimiento de una cubierta vegetal correctamente diseñada. Esta fase requiere de una planificación adecuada y no siempre conlleva la necesidad de actuar (es decir, la restauración forestal activa); es preferente la regeneración natural o  restauración  forestal pasiva si ésta es posible. Desde el punto de vista de la biodiversidad y el funcionamiento de los ecosistemas, un incendio no necesariamente implica una catástrofe, ya que los ecosistemas (al menos en su estado “natural”) suelen tener una alta capacidad de regeneración y hay numerosas especies de plantas que incluso requieren de los incendios para medrar.

Los efectos de los incendios son espacialmente heterogéneos, generándose un mosaico de manchas con distinto grado de afectación, y las manchas y rodales menos quemados suministrarán semillas y refugios para la fauna forestal. Las decisiones precipitadas acerca de las actuaciones a tomar (p.ej. saca generalizada de la madera o plantaciones masivas  de árboles) pueden reducir la capacidad de regeneración natural del ecosistema y generar nuevos problemas. Igualmente, la extracción de los árboles quemados no debe ser generalizada (excepto en zonas donde su caída supongan un claro riesgo, como cerca de caminos), ya que éstos cumplen funciones clave para la  regeneración como frenar la erosión, liberar nutrientes, suministrar semillas, proporcionar refugio y alimento a numerosas especies y facilitar la  labor de  las  aves dispersoras. Además, las actividades de extracción de la madera quemada suelen generar pérdida de suelo y destruir parte de la regeneración natural.

Estos argumentos deben sopesarse frente al beneficio económico de la tala y el riesgo  real que puedan suponer (p.ej. expansión de plagas o nuevos incendios). En contraste, donde la vegetación afectada es exótica, los incendios a menudo incrementan su capacidad invasora y por tanto las actuaciones deben priorizar su reducción y la regeneración de la cubierta vegetal con especies nativas.

  1. A largo plazo (más de cinco años) se requieren cambios profundos en la política forestal para la prevención de los grandes incendios. Estos cambios deben dirigirse a, principalmente,

(a) el restablecimiento de la vegetación autóctona;

(b) una política social que favorezca el repoblamiento rural y la restauración de  un  régimen de perturbaciones que limite la cantidad de material combustible en el monte, incluyendo la reintroducción de herbívoros tanto domésticos como salvajes y, en algunas ocasiones, la restauración de un régimen de incendios controlados;

(c) la planificación de las actuaciones de prevención de los incendios; y

(d) la aplicación de políticas destinadas a la mitigación de los efectos del  cambio climático, en particular la adaptación de los ecosistemas al aumento de la  aridez.

En el caso concreto de los bosques atlánticos, cuya productividad a menudo es elevada, la política forestal debe promover modelos de gestión que armonicen la producción de bienes de alto valor económico con el mantenimiento de otros servicios ecosistémicos. Estos bienes no son sólo madera y, en el caso de  la  madera, es preferible que ésta sea de elevado valor financiero (robles, nogales y castaños, por ejemplo).

Puede consultarse más información sobre este tema en la Guía de Actuaciones en una Zona Quemada, de González-Prieto y Díaz-Raviña.

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